La verdad que sostiene la confianza

En una sala de reuniones, alguien presenta una proyección de ventas para el próximo trimestre. Los números son optimistas —quizás demasiado— pero nadie levanta la mano. Todos en la mesa saben que esa cifra no se va a cumplir, y aun así asienten, porque corregirla en público incomoda más que dejar pasar un dato inflado. Así, sin ningún acuerdo explícito, una organización entera empieza a tomar decisiones sobre información que en el fondo nadie termina de creer.


“Dejen la mentira y hablen con verdad.” (Efesios 4:25)

Pablo no está dictando aquí una norma de buenos modales. El versículo completo señala la razón de fondo: “porque somos miembros los unos de los otros”. La mentira, en este pasaje, no es apenas una falta moral privada, sino una fractura en el tejido que sostiene a la comunidad: cada persona depende de la palabra del otro para actuar con sentido, y cuando esa palabra deja de ser confiable, el cuerpo entero —la familia, el equipo, la empresa— pierde la posibilidad de moverse como una unidad.

En biología, el sistema inmunológico depende de señales precisas para distinguir células propias de amenazas externas. Cuando esas señales llegan alteradas, el sistema no se apaga ni se debilita: sigue teniendo toda su fuerza, solo que ahora la dirige contra el propio cuerpo. Eso es, en esencia, una enfermedad autoinmune: un mecanismo de defensa intacto, actuando sobre información equivocada, y haciendo más daño que si simplemente no existiera.

Algo parecido les pasa a las organizaciones que se acostumbran a moverse con datos maquillados. Un gerente que redondea hacia arriba su proyección para no quedar mal en el trimestre no le miente solamente a su jefe: le entrega a toda la empresa una cifra con la que después se va a contratar personal, comprar stock o prometerle una fecha a un cliente. Cuando la realidad se impone —porque tarde o temprano se impone— el ajuste no es un simple error de cálculo que se corrige y se sigue. Es la organización entera reaccionando de golpe contra un dato que ella misma ayudó a construir.

Ese costo rara vez aparece en un balance, pero se acumula igual. Un equipo que aprendió que las malas noticias conviene suavizarlas deja de avisar a tiempo cuando algo se está por romper. Un vendedor que sabe que a su jefe le gusta escuchar lo que quiere oír termina contando una versión editada de cada negociación. Un proveedor que descubre, meses después de cerrado un acuerdo, que se le ocultó información relevante no vuelve a negociar del mismo modo, aunque el contrato siga vigente en el papel. La confianza tarda años en construirse, y alcanza una sola mentira descubierta para ponerla en duda durante mucho tiempo.

Decir la verdad cuando incomoda suele leerse como ingenuidad, o como torpeza política: el que no sabe jugar. Pasa exactamente lo contrario. Hace falta más entereza para sostener un dato incómodo frente a un jefe, un socio o un cliente que para maquillarlo con una explicación a medias. Para la espiritualidad que anima a CIEES, vivir en la verdad tiene que ver con no necesitar disfrazar la realidad para sentirse seguro: quien no depende de la aprobación ajena para sostenerse puede permitirse decir lo que ve, aunque no sea lo que el otro espera escuchar.

En el día a día de una empresa, esto se traduce en decisiones muy concretas: compartir un número real aunque sea peor que el prometido, avisar un retraso apenas se lo detecta y no cuando ya no queda margen para reaccionar, aceptar la objeción de un cliente en lugar de justificarla con medias verdades. Ninguna de estas decisiones resulta cómoda en el momento en que se toma. Sostenidas mes a mes, son las que terminan definiendo si la palabra de alguien vale algo dentro de una organización.

La verdad exige más coraje del que parece a simple vista, y por eso mismo sostiene lo que ninguna otra virtud empresarial puede sostener por sí sola: sin ella, la lealtad, la excelencia y el compromiso no tienen dónde apoyarse.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Soy transparente en mis decisiones?
  2. ¿Evito la verdad cuando anticipo que generará una conversación difícil?
  3. ¿Hay algún número, plazo o resultado que últimamente presenté mejor de lo que realmente es?
  4. ¿Qué tan seguro estoy de que mi equipo me cuenta las malas noticias apenas aparecen, y no cuando ya no queda otra opción?

Elegí, antes de que termine esta semana, una conversación pendiente en la que venís posponiendo decir algo incómodo, y decilo con respeto pero sin editarlo. No hace falta que sea una noticia grave: alcanza con reemplazar un dato prolijo por uno real. Es en esos gestos pequeños donde una palabra empieza, otra vez, a valer lo que dice.

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