Crecer desde el silencio

¿Cuándo fue la última vez que tomaste una decisión importante sin un teléfono vibrando a tu lado, sin una persona esperando en la puerta, sin una pantalla abierta con otra urgencia? Para muchos empresarios, la respuesta incómoda es que no se acuerdan, y que tampoco lo extrañan demasiado.


«No tengan miedo de abrir de par en par las puertas a Cristo.» (San Juan Pablo II)


Noviembre nos propone un tema que suena sencillo y exige bastante: el crecimiento interior. El silencio, la humildad, la confianza en la Providencia, el servicio y los frutos son los pilares de una vida y de una empresa que crecen desde dentro. La cita de San Juan Pablo II habla de puertas, y quien dirige una organización sabe cuánto cuesta mantenerlas bien cerradas: la agenda las bloquea, la urgencia las atranca y el ruido de cada día hace el resto. Abrirlas de par en par supone, antes que nada, hacer lugar para que Alguien pueda entrar.

El Papa pide no tener miedo, y la frase merece una lectura honesta. A los líderes rara vez les asusta la competencia o el tipo de cambio; lo que muchas veces evitamos es el silencio, porque en él aparece lo que la actividad logra tapar: una decisión postergada, una conversación pendiente, una duda sobre el rumbo. Llenar el día de movimiento es una manera eficaz de no escuchar. El crecimiento interior comienza cuando aceptamos hacer silencio para escuchar a Dios, y eso incluye escuchar también lo que nos dice sobre nosotros mismos.

Cualquier músico de orquesta conoce el valor de una pausa. En una partitura, el silencio está escrito con la misma precisión que las notas: tiene su figura, su duración exacta, y el instrumentista cuenta compases de espera con tanta atención como si estuviera tocando. Quien entra antes de tiempo arruina la obra entera, y quien entra a tiempo lo hace porque supo esperar. El director, además, levanta la mano un instante antes de que suene la primera nota, y ese gesto detenido ya es parte de la música. Una empresa se parece a esa orquesta más de lo que solemos admitir: sin pausas bien ubicadas, lo único que se escucha es un volumen parejo y agotador.

El costo de no vivirlo se paga en las decisiones. Un directivo que nunca se detiene decide con lo que tiene a mano, que casi siempre es la presión del último interlocutor. Reacciona en lugar de elegir, y su equipo aprende a trabajar con esa misma prisa, a esconder las dudas y a traer solo noticias breves. Con el tiempo se acumulan acuerdos que nadie terminó de pensar, personas que se sienten un trámite más y una vaga sensación de que la empresa avanza sin saber hacia dónde. La prisa permanente suele disfrazarse de compromiso, aunque en el fondo es una forma de no estar del todo en ningún lado.

Desde la espiritualidad de Schoenstatt, el silencio no aparece como un lujo para ratos libres ni como una huida del mundo, sino como una condición para vivir con Dios en medio de las responsabilidades de todos los días. Allí el trabajo es lugar de encuentro, y por eso cuidar la vida interior forma parte de dirigir bien. Un líder que cultiva ese espacio decide con mayor serenidad, con más sabiduría y con una libertad que no depende de la aprobación inmediata de nadie. Antes de transformar una empresa, hace falta permitir que Dios transforme el corazón, y lo demás, con frecuencia, se ordena después con menos esfuerzo.

Los gestos para empezar son modestos y están al alcance de cualquier agenda. Reservar unos minutos fijos al comienzo o al cierre de la jornada, sin dispositivos, para poner la mirada en Dios. Dejar pasar una noche antes de responder una decisión que nos inquieta. Iniciar una reunión difícil con un momento breve de silencio compartido. Ninguno de estos hábitos exige un retiro ni una agenda despejada; piden una decisión sencilla y la constancia de repetirla, aun en las semanas en que parece imposible.

Los frutos de este camino rara vez son espectaculares y casi nunca llegan el mismo día. Se notan en un tono más sereno en la sala de directorio, en una pregunta hecha a tiempo, en una persona escuchada hasta el final. Abrir las puertas a Cristo es una tarea de toda la vida, y empieza por algo muy concreto: aprender a quedarnos quietos el tiempo suficiente para oír que alguien llama.

Preguntas para la reflexión

  • ¿Dedico tiempo al encuentro con Dios en medio de mis responsabilidades?
  • ¿Qué necesita transformar hoy el Señor en mi vida?
  • ¿Qué conversación o decisión estoy evitando, y qué me dice mi apuro sobre ese miedo?
  • ¿En qué momento de mi jornada podría instalar una pausa fija sin que nadie más tenga que enterarse?

Cada noche de esta semana, al cerrar la computadora y antes de levantarte del escritorio, quedate tres minutos en silencio con una sola pregunta: ¿qué necesita transformar hoy el Señor en mí? No hace falta escribir ni llegar a ninguna conclusión. Alcanza con volver a hacerla el día siguiente, y ver qué va quedando.

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