Empresa con alma: personas antes que resultados
En casi todas las empresas hay una palabra que se usa para hablar de la gente cuando hay que hacer cuentas: dotación. A veces se la dice en inglés, headcount, y suena todavía más limpio. Se habla de reducir la dotación, de ajustar la dotación, de cuántas cabezas entran en el presupuesto del año que viene. Nadie la usa con mala intención; es el lenguaje de las planillas. Pero conviene notar qué ocurre cuando ese lenguaje se queda a vivir en la cabeza del que decide: de a poco, a Rosa, a Don Ramón y a Lucía se los empieza a mirar como una columna de números.
“La empresa no es solo una organización de capitales; es una comunidad de personas.” (Papa Francisco)
La frase no pide desconocer el capital, que hace falta para invertir, abrir puestos de trabajo y sostener un proyecto en el tiempo. Lo que señala es el orden de las cosas y, sobre todo, una palabra: comunidad. Un capital se acumula, se mide y se transfiere. Una comunidad se cuida, se integra y se debe. Cuando el Papa llama así a la empresa, le recuerda a quien la dirige que detrás de cada cargo hay una historia, una familia y una carga que no figura en el organigrama, y que esas personas entregan a la empresa buena parte de sus horas, de su energía y de su esperanza.
Una imagen muy nuestra ayuda a entenderlo: la ronda de tereré. Hay una guampa que pasa de mano en mano, alguien que sirve y cuida que el agua esté fría, y un orden implícito que todos respetan sin que nadie lo explique. En esa ronda nadie lleva la cuenta de cuánto aportó cada uno, y sin embargo todos saben quién falta cuando alguien no vino. Si el que sirve se distrae, el grupo lo nota; si alguien llega por primera vez, la guampa le llega igual. Es un espacio donde se está para otro antes que para uno mismo, y por eso se vuelve el lugar donde se conversa lo importante. Una empresa con alma se parece más a esa ronda de lo que solemos admitir: tiene resultados que cuidar, pero funciona porque hay alguien pendiente de que la guampa circule.
El costo de olvidarlo no suele aparecer en un balance, pero se paga igual. Se paga en la iniciativa que se apaga porque proponer dejó de tener sentido, en el cansancio que se disfraza de ausentismo, en la reunión donde todos asienten y nadie dice lo que realmente ve. Se paga también en la confianza, que cuando se retira obliga a controlar cada paso, y en los mejores colaboradores, que son los primeros que encuentran otro lugar donde ser vistos. Un líder que decide solo con números termina, además, rodeado de gente que le informa lo que él quiere oír, y gobierna con una mirada incompleta de su propia casa.
Hay quienes piensan que poner a las personas primero vuelve blanda a una empresa y la aleja de los resultados. La experiencia dice otra cosa: sostener una conversación difícil con respeto, decir una verdad sin humillar y exigir sin dejar de cuidar requiere más carácter que gritar o que mirar para otro lado. Para la espiritualidad de Schoenstatt que inspira a CIEES, además, esa mirada tiene un fundamento más hondo. La Divina Providencia pone a cada persona en nuestro camino con una misión, y los vínculos que se tejen en el trabajo forman parte de la tarea. Cada colaborador es, en ese sentido, un encargo recibido, y la empresa puede ser el lugar donde esa persona crezca en confianza, respeto y esperanza.
En el día a día, esto se traduce en gestos concretos y medibles. Preguntar a quienes están en primera línea qué ven que el directorio no ve, y escuchar la respuesta sin apurarse a defender. Que lo que se declara en la misión se note en cómo se despide a alguien, cómo se agradece y cómo se reparte la carga cuando el trabajo aprieta. Medir, junto a las ventas del mes, cuántas conversaciones de fondo tuvo el líder con su gente, quién creció en su rol durante el año y qué tan seguro se siente el equipo para equivocarse y decirlo a tiempo.
En síntesis, una empresa con alma busca resultados sin perder de vista la dignidad de quienes los producen. Eso exige decidir con la conciencia de que cada elección toca vidas concretas, y recordar que detrás de cada número de la planilla hay un nombre que alguien, tarde o temprano, tendrá que pronunciar.
Preguntas para la reflexión
- ¿En mis decisiones priorizo a las personas o solo los resultados?
- ¿Qué ambiente humano estoy construyendo en mi empresa?
- ¿Cuántos nombres de mi equipo digo hoy con la misma naturalidad con la que digo mis cifras del mes?
- Si alguien de mi equipo describiera en una palabra cómo se siente trabajar conmigo, ¿cuál creo que sería y qué me gustaría que fuera?
Para estos días, sentate sin agenda con alguien de tu equipo a quien rara vez le preguntás cómo está. No hables de objetivos: escuchá lo que quiera contar y agradecele algo concreto. Observá después qué cambió en la forma en que lo mirás.
