El Encuentro transforma

Cerrar los ojos aparte cada tarde en el mismo ascensor. Diez, veinte pisos, apretados entre sí, el mismo grupo de personas que comparte edificio, café y hasta feriados, mirando el celular o el número que sube. Se cruzan todos los días. Se conocen de vista. Y sin embargo, la mayoría podría contar muy poco sobre la vida del que tiene al lado: si duerme bien, si algo lo preocupa, qué lo hace sonreír. Compartir el mismo espacio, la misma oficina, el mismo equipo de trabajo, no garantiza que dos personas se hayan encontrado de verdad.


“Toda vida verdadera es encuentro.” (Martin Buber, Yo y Tú)


Buber distinguía entre dos maneras radicalmente distintas de relacionarnos con lo que nos rodea. Está la relación Yo-Ello, en la que el otro se convierte en un objeto: algo que uso, que analizo, que necesito para lograr un resultado. Y está la relación Yo-Tú, en la que el otro deja de ser un medio y se revela como alguien con voz propia, con historia propia, capaz de transformarme con su sola presencia. La cita no habla de una virtud opcional ni de una técnica de comunicación: habla de una condición de la vida misma. Sin encuentro real, hay contacto, hay coordinación, hay intercambio de información, pero no hay vida compartida en sentido pleno.

Esa distinción, que parece filosofía de escritorio, se vuelve carne todos los días en cualquier organización. En 1977, en el aeropuerto de Tenerife, dos aviones colisionaron en la pista dejando la peor tragedia de la aviación civil. Entre las causas que investigaron después estaba algo tan humano como incómodo: el copiloto había expresado dudas sobre el despegue, pero la rígida jerarquía de la cabina hizo que su advertencia no fuera realmente escuchada por el capitán. No fue solo un problema técnico de motores o de radares. Fue un problema de encuentro: dos personas compartiendo el mismo espacio de trabajo, sin que una lograra hacerse oír por la otra. Aquel desastre cambió para siempre la aviación: nació el Crew Resource Management, un protocolo que obliga a que cualquier miembro de la tripulación, sin importar su rango, pueda y deba hablar si algo no está bien, y que el resto esté entrenado para escuchar de verdad. La seguridad de millones de vuelos depende, desde entonces, de que el encuentro entre las personas de una cabina sea genuino y no solo protocolar.

En una empresa nadie se estrella en una pista, pero el costo de no encontrarse tiene su propia forma de tragedia silenciosa. Un colaborador que siente que solo es “un recurso” tarde o temprano deja de aportar lo mejor de sí, aunque siga cumpliendo con sus tareas. Una idea valiosa que nadie se toma el trabajo de escuchar se pierde para siempre, y con ella se pierde también la confianza de quien la propuso. Los equipos donde las personas se relacionan pero no se encuentran funcionan durante un tiempo por inercia, hasta que llega el momento en que se necesita algo más que cumplimiento: se necesita compromiso, coraje para decir lo que otros no quieren escuchar, ganas de quedarse cuando podrían haberse ido. Ese “algo más” no se compra ni se ordena. Se cultiva encuentro a encuentro.

Podría pensarse que detenerse a mirar de verdad a alguien, a escuchar sin apuro, es un lujo que una organización eficiente no se puede permitir. La espiritualidad que anima a nuestra comunidad sostiene exactamente lo contrario: ninguna obra que valga la pena se construye en soledad, y el vínculo verdadero entre las personas no es un obstáculo para la eficacia sino su fundamento más sólido. Una comunidad de empresarios cristianos no se mide únicamente por sus resultados, sino por la calidad de los lazos que sostienen esos resultados en el tiempo. Encontrarse de verdad con el otro —colega, cliente, colaborador, competidor incluso— no debilita la gestión: la vuelve más humana y, con el tiempo, más sostenible.

Llevado al liderazgo cotidiano, esto tiene consecuencias muy concretas. Implica preguntar por algo más que el estado de un proyecto. Implica dejar el teléfono a un lado cuando alguien viene a plantear un problema. Implica recordar, en la reunión siguiente, lo que esa persona contó la vez anterior. Implica también animarse a decir lo que se piensa, como aquel copiloto, confiando en que del otro lado hay alguien dispuesto a escuchar antes de decidir. Ninguna de estas acciones aparece en un tablero de indicadores, pero todas ellas determinan si un equipo, con el tiempo, se convierte en comunidad o se queda apenas en organigrama.

Construir comunidad —pasar del yo al nosotros— empieza, entonces, en lo más pequeño: en la calidad de cada encuentro cotidiano. No en grandes declaraciones de valores, sino en la decisión repetida de mirar al otro como un Tú y no como un Ello.

Preguntas para la reflexión

¿Me encuentro realmente con las personas o simplemente me relaciono con ellas?

¿Qué puedo aportar para que mis encuentros sean espacios de crecimiento?

¿En qué vínculo de mi trabajo o mi familia estoy tratando a alguien como un medio en lugar de encontrarme con él o ella?

¿Qué escucharía distinto esta semana si me propusiera prestar atención plena a cada persona que se cruza en mi día?


Antes de que termine la semana, buscá una conversación que sueles apurar —con un colaborador, un cliente, un familiar— y sostenela un poco más de lo habitual, sin mirar el reloj ni pensar en la próxima tarea. Ese minuto de más puede ser, literalmente, un encuentro.

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