La perseverancia, mantener la esperanza
Hay un momento que casi todo emprendedor conoce, aunque pocos lo cuentan en voz alta: el segundo o tercer año del negocio, cuando el entusiasmo inicial ya se gastó, los números todavía no cierran como se proyectaron, y el equipo empieza a preguntarse en silencio si vale la pena seguir. No hay una crisis puntual que explique el desánimo; es más bien un desgaste acumulado, la distancia entre lo que se imaginó y lo que todavía no llegó. Ahí, en ese tramo gris, se decide gran parte del futuro de un proyecto.
“La esperanza nos da una nueva forma de vivir.” (Benedicto XVI)
Benedicto XVI no describe la esperanza como un estado de ánimo optimista ni como la ilusión de que todo va a salir bien. La entiende como algo más profundo: una forma distinta de habitar el presente, sostenida por la certeza de que el esfuerzo de hoy no cae en el vacío. No elimina la incertidumbre ni el cansancio, pero cambia la manera de atravesarlos. Quien tiene esperanza no necesariamente ve el camino completo, pero confía en que hay un sentido en seguir caminándolo.
Esa idea tiene un paralelo llamativo en una de las historias de resistencia más citadas del siglo XX, aunque rara vez se la piensa en clave de fe: la expedición de Ernest Shackleton al Antártico, entre 1914 y 1917. Su barco, el Endurance, quedó atrapado y luego aplastado por el hielo antes de siquiera pisar el continente que buscaban explorar. El objetivo original —cruzar la Antártida— se volvió imposible en cuestión de semanas. Shackleton tuvo que redefinir la meta: ya no se trataba de una hazaña geográfica, sino de traer con vida a los 28 hombres de su tripulación. Pasaron casi dos años a la deriva, en botes salvavidas y campamentos de hielo, con recursos mínimos y sin contacto con el mundo exterior. Lo que sostuvo a esa tripulación no fue la certeza de que todo iba a salir bien —no tenían ninguna garantía—, sino la decisión constante de Shackleton de mantener viva una razón para remar un día más. Ningún hombre murió en la travesía. En una empresa pasa algo parecido: rara vez se cumple el plan original tal como se lo imaginó, pero la meta de fondo —sostener el proyecto, cuidar al equipo, no abandonar lo que se empezó— puede reformularse sin resignarse.
El costo de no sostener esta actitud no siempre es visible de inmediato, pero erosiona por dentro. Proyectos que se abandonan a pocos meses de un punto de inflexión que nunca llegó a verse. Líderes que, sin darse cuenta, contagian su desánimo a todo el equipo con un comentario resignado en el pasillo. Colaboradores que empiezan a trabajar con el freno de mano puesto, convencidos de que total, esto no va a llegar a ningún lado. La desesperanza rara vez se anuncia con un portazo: se filtra despacio, en la energía con la que se encara cada tarea.
Y sin embargo, muchos asocian la perseverancia con una especie de terquedad admirable pero un poco ingenua, como si insistir fuera de por sí una virtud sin importar el motivo. Vale la pena un reencuadre. La esperanza cristiana no es optimismo forzado ni negación de la dificultad: es la confianza de que el esfuerzo propio se inserta en algo más grande, que no depende únicamente de las fuerzas de quien lidera. Para la espiritualidad que anima a CIEES, esto se traduce en una actitud muy concreta: trabajar con toda la entrega posible, sabiendo que Dios acompaña el camino incluso cuando los resultados tardan en aparecer o llegan de una forma distinta a la esperada. Esa certeza no es una excusa para relajar el esfuerzo; es lo que permite sostenerlo sin quebrarse.
En el día a día de una organización, esto tiene traducciones prácticas. Nombrar en voz alta, frente al equipo, los avances reales aunque sean pequeños, en lugar de medir todo contra la meta ideal todavía lejana. Revisar el plan cuando la realidad lo exige, sin confundir ese ajuste con un fracaso. Sostener conversaciones honestas sobre el cansancio del equipo antes de que se convierta en renuncias silenciosas. Y, sobre todo, recordar en voz alta —a uno mismo y a los demás— por qué vale la pena este proyecto, especialmente en las semanas en que esa razón cuesta encontrar.
En síntesis, perseverar no es insistir con los ojos cerrados: es sostener el rumbo con los ojos abiertos, dispuesto a ajustar la ruta sin abandonar el destino. La esperanza es lo que hace posible esa combinación.
Preguntas para la reflexión
¿Cómo enfrento las dificultades?
¿Transmito esperanza a los demás?
¿Qué proyecto o relación estoy por abandonar solo por cansancio acumulado, y no porque haya dejado de tener sentido?
¿De qué manera mi actitud, para bien o para mal, se contagia al resto del equipo en los momentos difíciles?
Elegí sostener, un poco más esta semana, aquello que estás por soltar únicamente por agotamiento. No hace falta ver todo el camino para dar el próximo paso: alcanza con confiar en que no lo estás dando solo.
